OCEAN'S SEVEN

 
  • image The North Channel (known in Irish and Scottish Gaelic as Sruth na Maoile, and alternatively in English as the Straits of Moyle or Sea of Moyle) is the strait between north-eastern Ireland and south-western Scotland. Read More

    North Channel

  • image Cook Strait lies between the North and South Islands of New Zealand. It connects the Tasman Sea on the northwest with the South Pacific Ocean on the southeast. It is 14 miles wide at its narrowest point,‪ and has an average depth of 420 feet.‬ Read More

    Cook Strait

  • image The Moloka'i Channel (also known as the Ka'iwi Channel, meaning the Channel of Bones) is a waterway between the islands of O'ahu and Moloka'i in Hawaii. The channel is 26 miles wide and its maximum depth is 2300 feet. Read More

    Moloka'i Channel

  • image The English Channel (French: Manche, "Sleeve"), also called simply the Channel, is the body of water that separates southern England from northern France, and joins the southern part of the North Sea to the Atlantic Ocean. Read More

    English Channel

  • image The Catalina Channel, also known as the San Pedro Channel, is a 20.2-mile (32.5 km) waterway located between Santa Catalina Island and Southern California, USA. Due to strong currents, athletes will have to swim a longer distance in order to cross it. Read More

    Catalina Channel

  • image The Tsugaru Strait (津軽海峡 Tsugaru Kaikyō?) is a strait between Honshu and Hokkaido Islands in northern Japan, connecting the Sea of Japan with the Pacific Ocean. The Seikan Tunnel passes under it at its narrowest point, 12.1 miles between Tappi Misaki on the Tsugaru Peninsula in Honshu, and Shirakami Misaki on the Matsumae Peninsula in Hokkaido. Read More

    Tsugaru Strait

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Nadar en aguas abiertas, aventura para salvarse de lo cotidiano, afirma Argüelles

Periódico La Jornada, Martes 7 de febrero de 2017

  • Primer mexicano que cruza en invierno el canal de Catalina, hace tres semanas
  • No son los tiburones ni las medusas; el verdadero reto en el mar es el frío, relata

Antonio Argüelles relata que cuando era niño tenía obsesión por los piratas y los tesoros escondidos, y quizás de ahí, explica, provenga su pasión por lanzarse a la aventura en el mar.

Cruzar a nado el canal de la Mancha en la época victoriana tenía el encanto de una hazaña romántica. En 1875 el inglés Matthew Webb, un hombre a quien la llamada del mar lo llevó a los barcos y después a zambullirse para lograr una proeza, fue el primero en atravesar ese brazo marítimo entre Inglaterra y Francia, en 21:45 horas.

Lo hizo sin mayor equipamiento que un pudoroso traje de baño de la época y unos goggles, guiado por un bote de remos y una linterna de velas por la noche. Los reportes de la época registraron que durante su travesía Webb sólo bebió brandy, aceite de hígado de bacalao y caldo de res. En una ilustración del momento se narra esta hazaña; en el claroscuro de los trazos sobresale el rostro bigotón del nadador inglés, auxiliado por un bote desde el que sus compañeros le alcanzan una botella para abastecerse. Desde aquel primer cruce hasta 2001 se han registrado 3 mil intentos, 607 de ellos con éxito, según se consigna en el libro A cada brazada: el azul interminable, obra de los nadadores mexicanos Nora Toledano y Antonio Argüelles.

Argüelles desciende de ese linaje de aventureros dispuestos a emprender retos que los salven de la grisura de lo cotidiano. Con la misma sed que empujó al señor Webb a conseguir lo que nadie había hecho antes, este nadador mexicano es el primer hombre en lograr dos veces la Triple Corona, como se conoce al reto de completar las rutas de Manhattan, y los canales de Catalina y de la Mancha.

Hace unas semanas, el 14 de enero, cruzó de nuevo el canal de Catalina para convertirse en el cuarto nadador en hacerlo en temporada invernal, el primer mexicano en lograrlo. Y está a sólo un mes de emprender su sexto reto del serial de Siete Mares, de los que ha cumplido: canal de la Mancha, canal de Catalina, estrecho de Gibraltar, estrecho de Tsugaru y canal de Molokai.

Estoy impaciente porque ya quiero el estrecho de Cook (en Nueva Zelanda), comenta Argüelles. Si pudiera me iría la semana que viene, porque sé que ya estoy listo.

Estar listo para las travesías que hace un nadador de aguas abiertas significa alcanzar el equilibrio entre la fortaleza física para soportar más de 20 horas de brazadas ininterrumpidas, el control mental para no perder concentración ni sucumbir al miedo o la frustración. Pero ante todo, capacidad para adaptarse a las bajas temperaturas del agua, porque, como han descrito su entrenadora Nora Toledano y él mismo, el peor enemigo es el frío.

Olvídate de los tiburones, las medusas: el verdadero reto es el frío, explica como si aún le quedara algún escalofrío de sus cruces acuáticos. Con los tiburones no pasa nada; si te topas con medusas duele, pero tampoco pasa nada. El frío es otra cosa, es horrible.

Cuando hace la descripción de lo que representa someter el cuerpo a temperaturas de 14 grados logra transmitir ese dolor que envuelve, que lastima desde las orejas y se expande hasta los pies. Un dolor que quema, expresa sobre la sensación a la que está expuesto varias horas.

Nadar en aguas abiertas no es un paseo vacacional. Para exponerlo en toda su crudeza, Argüelles dice que se necesita capacidad de alcanzar niveles muy altos de concentración en los que no se permite ni un titubeo, ni un desvarío, porque de ello depende el control de la travesía.

No hay monólogos interiores ni añoranzas entre brazada y brazada. Lo único que se permite es el conteo del tiempo para el abastecimiento y una abstracción profunda, como si el universo desapareciera y todo se volviera líquido.

No puedes papalotear. Si lo haces, tragas agua salada y no hay nada peor que eso, relata. La advertencia que hace sobre el agua de mar no es insignificante. Las horas sumergido escaldan los labios, estragan el esófago y el estómago. Un descuido y el camino puede ser aún más doloroso. Si empiezo a pensar en pendejadas, ya valió. Es un proceso en el que sólo hay espacio para la técnica, el ritmo, la ruta, seguir el barco con el equipo de apoyo y el kayak, que son las únicas referencias en medio de la nada.

Complicado recorrido

El reciente cruce que realizó en el canal de Catalina fue complicado. Además del frío invernal, las primeras horas sufrió de vómitos. Un descuido en los alimentos antes de lanzarse al mar hizo más complicada la meta.

“Tres horas en las que me la pasé muy mal. Después era sólo llegar a las seis horas de nado, porque ahí ya puedes hacerte una idea de cómo va a estar el resto de la travesía.

Siempre hay imprevistos, pero a las 10 horas ya sabes si será un día largo, si aquello se convierte en 20 horas o más. Sólo cuando estás cerca; cuando te falta tal vez una hora, vuelves a sentirte bien y hasta disfrutas el recorrido.

Terminar un cruce, salir de una orilla a otra, es una proeza que se digiere en silencio. Sin fiesta de bienvenida ni flashes cegadores. Es un cierre que Argüelles describe como anticlimático, sin el estruendo de los triunfos en los deportes masivos y sin rituales de victoria. Difícil concebir un esfuerzo desbordado para un final inexpresivo.

Sólo el cuerpo deshecho. El frío, siempre ese enemigo que atormenta el cuerpo, y el temblor que produce, subir al barco para iniciar un proceso de recuperación. Un efecto devastador –expone– por la adrenalina a tope y de pronto el apagón brusco.

Mientras, espera impaciente su siguiente expedición. Disfruta la emoción de volver a hacerse a la mar, de preparar el cuerpo y la mente para lo que pocos están dispuestos a sufrir.

Cuenta que de niño tenía obsesión por la vida de los piratas y los tesoros escondidos. De ahí, piensa, nació también su vocación por la aventura para escapar de lo aburrido de la vida cotidiana. ¿Por qué un hombre victoriano se lanzó en búsqueda de lo que nadie más había imaginado? Quizá sólo alguien mitad atleta y mitad aventurero, como Antonio Argüelles, lo entiende.

Por Juan Manuel Vázquez

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