Pese a que me encanta mi trabajo, en ningún lugar me siento tan a gusto como en el agua. Empecé a nadar desde pequeño en la alberca de mi abuelo en Cuernavaca, pero hubo un momento particular que me hizo querer ser nadador: la victoria olímpica de Felipe “el Tibio” Muñoz en 1968. Tras presenciar la carrera por televisión y brincar de un lado al otro por la emoción, supe inmediatamente que ése era el camino que quería seguir. Durante muchos años entrené duro y, aunque tuve varios logros en la alberca, nunca llegué a las Olimpiadas. Sin embargo, la natación me dio mucho más que un momento de gloria: me ayudó a mejorar mis calificaciones, me hizo disciplinado y perseverante, dio pie a mi primer negocio —empecé a vender trajes de baño y otros productos Speedo en las albercas de la Ciudad de México— y hasta me llevó a estudiar en Estados Unidos.
Desde entonces, procuro siempre tener una meta o una aventura en mente. Los desafíos deportivos —o de cualquier otro tipo— estimulan la disciplina y la concentración y hacen que la vida cotidiana sea más interesante y divertida. En otras palabras, las metas nos obligan a esforzarnos para convertirnos en nuestra mejor versión y, para mí, de eso se trata esta vida.
Esa filosofía es lo que está detrás de mis nados de aguas abiertas. Después de un periodo de dedicarme a los maratones y los triatlones Ironman, decidí regresar al agua para volver a ponerme a prueba, esta vez en el mar. Primero completé en dos ocasiones la Triple Corona de Natación en Aguas Abiertas —cruzar de la isla Catalina a la costa de California, rodear la isla de Manhattan y cruzar el canal de la Mancha— y, en 2017, terminé los Siete Mares, siete nados de alta dificultad alrededor del mundo. Ello me llevó a recibir un Récord Guinness al completar los Siete Mares a los 58 años 110 días.